La “Búsqueda del Absoluto”

De entre las diversas formas de conocimiento analógico de Dios, la ‘via eminentiae’ busca atribuir a las cosas visibles grados de perfección superiores a los que poseen, como forma de elevar el alma a Dios en la consideración admirativa del Universo.

Se entiende la importancia primordial de una correcta posición de espíritu en la consideración de la Creación, en el sentido de favorecer los buenos frutos de la catequesis y la formación cristiana, pues al tomarse una persona, educada en la escuela de la “búsqueda de lo absoluto”, [Conocimiento analógico de Dios] para ella, creer en los contenidos de la Fe, se vuelve algo casi connatural. Saber que aquel Dios, por ella tan deseado, se reveló misericordiosamente, le produce un gran éxtasis interior, llevándolo a exclamar con Jeremías: “Bastaba descubrir tus palabras y ya las devoraba, tus palabras para mí son placer y alegría del corazón” (Jr 15, 16).

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Foto: Denis Collette

Cuando Santo Tomás se pregunta -siguiendo su método clásico inspirado en las ‘disputationes’ medievales- por el origen de la desigualdad de las cosas, se enfrenta con algunas objeciones, de entre las cuales llamamos la atención sobre la primera, sobretodo por la respuesta a ella dada por el santo doctor. En efecto, si Dios es lo óptimo por esencia, no puede haber creado sino cosas óptimas, las cuales deberían ser todas necesariamente iguales. Pues, a partir del momento que una fuese mejor que la otra, la inferior dejaría de ser óptima. (cf S Th I, q. 47, a. 2).

Responde Santo Tomás con su clásico estilo:

A un agente óptimo le corresponde producir todo su efecto de forma óptima. Sin embargo, no en el sentido de que cada una de las partes del todo que hace sea absolutamente óptima, sino que es óptima en cuanto proporcionada al todo. […] Así, de cada una de las criaturas se dice en el Gen 1, 4, ‘Vio Dios que la luz era buena’. Lo mismo se dice de las demás cosas. Pero de todas en conjunto dice (v.31): ‘Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno’.

Las perfecciones de Dios, reflejadas en las varias criaturas en diversos grados y modos, tienen su representación más admirable en el conjunto de la Creación, la cual forma como un inmenso y magnífico mosaico que reproduce la Belleza increada. El Universo es mejor que cada una de las partes, por reflejar con mayor perfección la grandeza y majestad de Dios.

Siguiendo el divino ejemplo, el alma que pisa las vías de la “búsqueda de lo absoluto” no debe detenerse apenas en la consideración de cada una de las obras de Dios aisladamente, sino es llamada a admirar el orden del Universo en su conjunto.
Entretanto, hay una obra en la Creación que el fiel debe considerar con un amor que toca casi en la adoración: es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. En ella, se refleja de modo aún más perfecto la belleza infinita de Dios, pues ella es “toda gloriosa, sin máncha, sin arruga, sin cualquier otro defecto semejante, pero santa e irreprehensible” (Ef 5, 27).

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira hablaba así de la Santa Iglesia, como obra prima de Dios:

“Dios se refleja, todavía, en una obra prima más alta y perfecta que el Cosmos. Es el Cuerpo Místico de Cristo, la sociedad sobrenatural que veneramos con el nombre de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Constituye Ella misma, todo un universo de aspectos armónicos y jaspeados, que cantan y reflejan, cada cual a su modo, la belleza santa e inefable de Dios y del Verbo Encarnado.
En la contemplación, de un lado, del Universo y, del otro lado, de la Santa Iglesia Católica, podemos elevarnos a la consideración de la belleza santa, infinita e increada de Dios.”

Por Mons. João Clá Dias, EP

Redacción, Gaudium Press

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