REFLEXIÓN -La Virgen: Destinada para dar al Señor digna morada

Redacción (Martes, 27-12-2011, Gaudium Press) El capítulo noveno de los Proverbios se abre con este versículo: “La sabiduría edificó para sí una casa”. ¿Cuál es esta sabiduría y qué morada construyó ella para su uso? San Bernardo nos responde: “Esta sabiduría que era de Dios y que era Dios, venida a nosotros del seno del Padre, construyó para sí una casa, y esta casa fue la Virgen María, su Madre” [1].

Casa decorada por el Divino Arquitecto

FOTO POR: MAURO TANIGUCHI AUCALLAMA, PERÚ

FOTO POR: MAURO TANIGUCHI AUCALLAMA, PERÚ

Corroborado por las opiniones del santo Abad de Claraval y de otros eminentes varones de la Iglesia, escribe el P. Paulo Ségneri, afamado jesuita y predicador en la Corte Pontificia, en el s. XVII:
“Según los santos doctores, la casa que la Sabiduría para sí edificó, es la Virgen Santa que el Verbo escogió desde toda la eternidad por Madre. Ahora, un rey poderoso y rico que desee construir para sí una mansión, desea, al mismo tiempo, que nada se economice para la rectitud, ornamento y magnificencia del edificio.
¿La Sabiduría Eterna haría menos por su morada?
“No. El Verbo, habiendo resuelto tomar un cuerpo humano en el seno de una Virgen, y de en él permanecer nueve meses, no descuidó nada para adornar este templo de su divinidad, para enriquecerlo de todos sus dones, en una palabra, para tornarlo digno de sí. De este modo la Escritura habla del Verbo bajo el nombre de Sabiduría, ‘Sapientia ædificavit sibi domum’, a fin de señalarnos que es la sabiduría que Él emplea, para escoger y formar una criatura de la cual jamás se avergonzará de ser el Hijo.
“El Verbo, pues, como hábil arquitecto que nada deja irregular, nada defectuoso, en la obra prima de su arte, y que le da, al contrario, toda la perfección que es capaz, el Verbo, dijo, lejos de soportar en su Madre cualquier desorden, cualquier defecto, tomará placer en perfeccionarla, como en una obra a la cual preside su sabiduría infinita.
“¿Qué prueba nos es necesaria, después de eso, de las grandes prerrogativas de la Santísima Virgen? Puede alguien negarle alguna, cuando se hace la reflexión de que Ella es la casa que la Sabiduría edificó para sí: Sapientia ædificavit sibi domum?” [2].
En la misma línea siguen los comentarios del P. Jourdain:
“No a un hombre, sino al propio Dios era menester preparar una residencia, la cual en todo fuese digna del huésped divino que la ocuparía, no por un día, de paso, sino para en ella habitar y de ella tomar los elementos de una nueva vida. (…)
“Tal mansión está necesariamente al abrigo de cualquier mácula. O sea, María, Madre del Dios hecho hombre, creada y preparada por Él para encarnarse en su seno, fue necesariamente libre de cualquier falta, sea actual, sea original. […] Esto no basta, agrega además San Agustín; convenía que Ella fuese adornada y enriquecida de todas las virtudes: «El Hijo de Dios no construyó jamás una casa más digna de Sí que María. Esta habitación nunca fue asaltada por los ladrones, jamás atacada por los enemigos, nunca despojada de sus ornamentos». (…)
La más ilustre habitación de Dios

“San Pedro Damián y San Jerónimo, así entienden el capítulo III de Isaías: la Santísima Virgen es verdaderamente la casa de Dios, el palacio o la corte real donde el Hijo del Rey Eterno, revestido de nuestra carne, hizo su entrada en este mundo. «El palacio sagrado del Rey, única habitación de Aquel que ningún lugar pudo contener», como dice San Andrés de Creta. (…)
“La Santísima Virgen María es, por tanto, la casa de Dios. ¿Si, como dice el Apóstol, «los que viven castamente son el templo de Dios», la Virgen, la castísima Madre de Dios podría no serlo? Sí, Ella lo es, y jamás poseyó Dios morada más noble y más digna de Sí. Por esto dice San Gregorio: « ¡Salve, templo vivo de la Divinidad! ¡Salve, casa equivalente al Cielo y a la Tierra! ¡Salve, templo digno de Dios! »” [3]
Habitación adornada con las más bellas prendas

Y San Alfonso de Ligório, citando al Doctor Angélico, comenta:
“Deben ser santas y limpias todas las cosas destinadas a Dios. Por eso David, al trazar el plano del templo de Jerusalén con la magnificencia digna del Señor, exclamó: No se prepara la morada para algún hombre, sino para Dios (IPar. XXIX, 1). Ahora, el soberano Creador había destinado María para Madre de su propio Hijo. ¿No debía, entonces, adornarle el alma con todas las más bellas prendas, tornándola digna habitación de un Dios?
“Afirma el Beato Dionisio Cartuxo: El divino artífice del universo quería preparar para su Hijo una digna habitación, y por eso ornó a María con las más encantadoras gracias. De esa verdad nos asegura la propia Iglesia. En la oración después del Salve Reina, certifica que Dios preparó el cuerpo y el alma de la Santísima Virgen, para ser en la Tierra digna habitación de su Unigénito” [4].
La morada del Rey Crucificado

Finalmente, otro aspecto – tal vez más sublime que los demás – de María Santísima como casa de Dios, nos es presentado por San Ambrosio, el padre de la Mariología occidental. Comentando el Evangelio de San Lucas (XXIII, 33-49), designa él a Nuestra Señora, junto a la Cruz, como siendo “la morada del Rey” [5].
A esto observa, a su vez, el benedictino D. Manuel Bonaño: “La Virgen es la corte, el palacio, la morada por excelencia del gran Rey. A los pies de la Cruz, cuando Nuestro Señor es por todos abandonado, Ella continúa siendo su morada, como lo fue en la Encarnación” [6].
María, templo donde Jesús quiere ser invocado
Oh Jesús que vivís en María, venid y vivid en vuestros siervos, en el espíritu de vuestra santidad, dice la conocida Oración a Jesús viviendo en María. Comentando este pasaje de la misma, así se expresa el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:
“Jesús vivió en María, y, de María, Jesús se comunicó a los hombres. Nuestra Señora es el sagrario donde está Nuestro Señor Jesucristo, y el santuario de dentro del cual todas las gracias se difunden para el género humano.
“Por eso, debemos rezar a Jesús como viviendo en María, porque Él quiere ser invocado dentro de su templo, que es la Santísima Virgen. ¿Pedir qué a Él? Que Él venga y viva en nosotros, como vivía en Ella.
“Vivir en nosotros, quiere decir, es tener el espíritu de la santidad de Jesucristo, que es el espíritu de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Y es, por tanto, el espíritu «ultramontano», la expresión más característica del espíritu de la Santa Iglesia.
“Esto es lo que debemos pedir a Jesús, por medio de Nuestra Señora, como viviendo en Ella.” [7]
Por Mons. João Scognamiglio Clá Dias

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