EL DÍA QUE LA INMACULADA SE CONVIRTIÓ EN PATRONA

 

Hacía un frío calvinista de mil demonios aquel siete de diciembre de 1585. El Tercio de Bobadilla está desplegado en la Isla de Bommel entre los ríos Mosa y Waal, rodeado por completo por la flota holandesa del almirante Holak.

Los españoles no cuentan apenas con víveres, ni municiones, y la pólvora está mojada e inservible, no hay nada, solamente barro, frío y la certeza de la muerte que planea sobre los cinco mil españoles que defienden el reducto de Bommel.

Sin embargo, pese a la situación apuradísima, con los poderosos galeones holandeses cañoneando sin cesar a los españoles, con un fortin hereje en la otra orilla, cercados y solos, pues ningún socorro ha podido llegar hasta ellos. A pesar de todas estas calamidades, el Tercio no está dispuesto a rendirse, allí morirán, defendiendo la honra de su Nación y la Verdadera Fe.

El Maestre Bobadilla se lo ha dejado claro a los holandeses que acudieron, en barca claro, hasta el campo español.

“Los soldados españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitular después de muertos”. Tales palabras utilizó el Maestre, lleno de barro y de suciedad, el peto flamenco abollado y las calzas recosidas y empapadas como el resto de los hombres de su Tercio. Los holandeses alucinaban por la tenaz resistencia de aquellos cinco mil enflaquecidos, empapados, sucios y mal encarados españoles, enrocados en la Isla Bommel y dispuestos a convertirla en su cementerio.

Al almirante Holak, que se sube por las paredes de la cámara de su galeón, no se le ocurre otra cosa que mandar abrir una brecha en el canal que une el Mosa y el Waal y las aguas libres inundan la Isla de Bommel.

Los españoles, a toda prisa rescatan lo que pueden de material, más que nada espadas, dagas, picas y partesanas para despedirse en corto de los holandeses cuando lleguase el momento, algunos arcabuces, y palas y azadones con los que intentar excavar trincheras y baluartes.

Se apiñan los cinco mil en el único punto elevado de la isla y de toda Holanda, el montecillo de Empel, de apenas cincuenta metros de altura.

Se empiezan a excavar trincheras, o a intentarlo, pues el terreno es barro y cada agujero que se abre se inunda de inmediato.

Un soldado excavando más que una trinchera, su propia tumba, encuentra algo entre el fango. Al principio no puede creer lo que ve, ha empezado a llover, agua sobre agua, pero la lluvia limpia el barro de lo que el soldado español ha encontrado.

Es una tablilla flamenca policromada con la imagen de Nuestra Señora la Inmaculada Concepción. Una tablilla de vivos colores.

La noticia corre como la pólvora entre los devotos soldados del Tercio de Bobadilla, que le fabrican un altar con maderas y la vieja bandera acribillada de la Cruz de Borgoña, todo el Tercio se arrodilla y reza. Los holandeses desde sus barcos pueden oir las letanías y los murmullos devotos de cinco mil voces. Los holandeses confiados preparan el asalto definitivo para la mañana siguiente, día ocho de diciembre de 1585.

Con los hombres enardecidos, confiados en que La Virgen les protegerá, el Maestre Bobadilla, lanza un órdago a sus tropas:
“Soldados, el hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada ha venido a salvarnos… ¿Quieren Vuestras mercedes que se quemen las banderas, que se claven los cañones y que abordemos esta noche las naves enemigas?”
¡Sí querermos!- le contestaron cinco mil voces henchidas de fuerza y confianza, cargados del valor que aquella tablilla les había infundido.

Y todavía estaba por llegar el verdadero milagro.

Al poco de acabar la misa, con los soldados preparándose a encarar su suerte, esperando el amanecer y la llegada de los navíos holandeses y sus cañones, empieza a soplar un viento huracanado inusualmente frío.

Poco a poco los españoles ven como las aguas se van helando, adquiriendo el grosor suficiente para que el Tercio al completo, formado en cuadro y tocando a degüello, se abalance sobre los sorprendidos holandeses, cuyos galeones y urcas están ahora encallados en el hielo, inmóviles, a merced de los españoles que se quitan el frío y la rabia del asedio matando todo lo que se les pone por delante y metiendo fuego a la flota holandesa.

Desde el fuerte holandés de la orilla del Mosa la guarnición, a la que se ha sumado corriendo sobre el hielo el mismo almirante Holak, contempla cómo arden los barcos y llegan espeluznantes gritos de agonía de los hombres que el Tercio encuentra en su camino.

Creen que los españoles se contentarán con haber hecho pedazos a los de los barcos, que no se atreveran a cruzar más el hielo y llegar hasta ellos. Pero se equivocan.

El Tercio de Bobadilla, iluminado por la espalda por los barcos holandeses que arden, rehace filas, forma el cuadro y enfila directo hacia el fuerte.

Los holandeses huirán, entre ellos el almirante Holak, que corriendo para salvar la vida, y buscando razones para explicar tal descalabro, cuando parecía que tenía la victoria al alcance de la mano, achaca el suceso a la intervención divina:
“Tal parece que Dios es español, por obrar, tan grande milagro”. O algo así se cuenta que decía mientras corría y se replanteaba su fe calvinista.

Y por este hecho desconocido de nuestras aulas y libros de Historia, por este milagro, que así lo calificó el mismo enemigo, por esta victoria sin par de nuestros Tercios de Flandes, la Patrona del Arma de Infantería es Nuestra Señora Inmaculada.

FELICIDADES a la vieja, leal y gloriosa Infantería Española.

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