LA BEATA MADRE LAURA MONTOYA, MODELO DE LA COLOMBIANA ARQUETÍPICA

Bogotá (Miércoles, 07-11-2012, Gaudium Press)

Ya vimos en líneas anteriores las cinco características del pueblo colombiano de acuerdo a los planes de Dios [Reflexión, estabilidad, decisión, bondad y firmeza], en la explicitación del Profesor Plinio Correa de Oliveira, inspirador de Mons. Juan Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio.

Algo dijimos de la firmeza y decisión, dos de esas 5 características, bien presentes en esa heroína espiritual que fue la Beata Madre Laura Montoya, quien en su afán de conquista de las almas no dio el brazo a torcer, enfrentando sin temor los mayores peligros. Veamos ahora más rasgos de su ser en otras de sus ‘aventuras’ apostólicas.

Narra la Madre Laura en su emocionante autobiografía que en cierta ocasión que salía de Uré, no lejos del río Man, empezó a sentir una fiebre alta -de cuarenta grados. Ella se hallaba en medio de terribles barrizales, y con una acompañante caminaba parte a pie y parte en mula. En determinado momento su caminar se desarrolló por la corriente de un río heladísimo: Al caer en el agua “sentí que me clavaban en la médula de los huesos unas saetas encendidas y así continuamos”.

Pero nada la detiene y va para adelante sin lamentaciones. Por el contrario, comenta ella que “el pensamiento de que Dios me estaba permitiendo sacrificarme por las almas, era bastante para mantenerme en dicha permanente, como San Francisco Xavier que le decía a su Señor: no me lo deis todo aquí Señor, déjame algo de júbilo para el cielo¨.

Más tarde las apóstoles cayeron en un bosque pantanoso y la Madre Laura -con la fiebre altísima que no bajaba-, quedó sumergida en el lodazal menos su cabeza, que era sostenida por la hermana San José quien lloraba sin consuelo, hasta el amanecer cuando pudieron continuar para llegar a Cáceres y posteriormente a Dabeiba. Al preguntarle después cómo soportaron esa dura prueba, la Beata religiosa dijo que “evidente que fue duro y lleno de dolor físico, pero que la fruición espiritual interior toma de ese sentir un motivo de fuerza mayor”.

Veamos ahora algo del aspecto bondad del alma de la Madre Laura, de su apostolado, asunto vital en el que todo colombiano debe empeñarse. Este es un pueblo que ha sufrido los estragos de guerras, de violencias terribles, odios, secuestros, guerrillas, paramilitarismo, etc. En cierta ocasión Mons. Caro Borda, actual obispo de Soacha, en Colombia, reflexionaba en una homilía diciendo que lo que el colombiano más necesita es perdonar, perdonar a los demás y perdonarse a sí mismo. Esa historia nacional violenta apunta a practicar la mansedumbre, la misericordia, moneda poco conocida que cuando es usada, él colombiano siente un afecto desinteresado, se sensibiliza, la valora profundamente y ahí rompe su individualismo.

Estando en Dabeiba, bien al comienzo de su gesta misionera, con los indios misionados desconfiados, pues pensaban que la religiosa venía a robarse sus hijos, fue la Madre Laura rodeada por 8 aborígenes armados que le pedían que les presentase a su Dios, ¡porque querían matarlo! Qué ignorancia terrible.

Le dicen los indios: “Llamá, llamá, [llámale] nosotros matamos prontico, prontico”. La madre Laura responde: “Mátenme a mí que les molesto por enseñarles”, a lo que respondían “a vos no es culpa, vos es mandao [tú eres enviada]”.

“Sólo después supimos como sus creencias habían deturpado la luz natural y los había extraviado en caminos obscuros. Varias veces me invitaban a ritos crueles, a envenenar un indio, a participar en asesinatos, por supuesto que yo no aceptaba y les decía que eso era malo y que ofendía a Dios”, pero es claro que sus vidas estaban envueltas en crueldad terrible y en una falta de bondad gritante.

Palabras y caricias suaves aplacan la furia de un indio

Mientras los indios crecían en furia y ciertamente en un grado de cierta infestación diabólica, y sin saber qué hacer, “fui inspirada por el Espíritu Santo y después de invocarlo, pensé [que] la ternura habrá de vencerlos, y sin pensar dos veces, me lancé y lo abracé al jefe y sobándole con dulzura la cara le decía: indio muy buen cazador, mucho venao cogiendo”. Palabras y caricias suaves, dulces, bondadosas, que poco a poco calmaron al aborigen, hasta que cayó al suelo sin fuerzas llorando, mientras decía: “quieri murir [quiero morir]… yo mucho mal pecho [yo tengo mal corazón]…Vos pecho [corazón] mucho bueno…Yo quiere matar vos [yo quiero matarte]… vos mucho queriendo yo [y voz queriéndome bien]. Y levantándole le invitó a comer huevos juntos, que les gustaba mucho”.

“Desde ese momento el indio no volvió a desconfiar de nosotros y aceptó la ley de Dios. ¿Qué venció a Justicia de Chimiandó? La ternura”. ¡Qué poder tiene la ternura! Qué desgraciados los que no la han experimentado. Fue en el fondo un rayo del Sagrado Corazón de Jesús, de esa bondad infinita que cayó sobre el indio y lo exorcizó, porque ellos no conocían ese trascendental llamado Bonum, que es reflejo pleno de Dios y de María Santísima, porque el nombre de misericordia en Dios, se llama María.

Que Nuestra Señora nos toque con su bondad, sin perder un centímetro de firmeza y de la decisión propia de éstas tierras, para ser otros San Ezequiel Moreno o Beatas Laura Montoya, porque así ésta tierra se convertiría en una potencia católica, mayor de lo que ya es.

Por Gustavo Ponce

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Fuente: Beata Laura Montoya Upegui Autobiografía. Cuarta Edición Congregación de Misioneras de Maria Inmaculada. Medellín, febrero de 2008

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