Verdad, grandeza y humildad en el alma de María Santísima

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“Humildad es andar en verdad” decía Santa Teresa de Ávila, y por ello ni siquiera la Virgen Bendita, quien con su humildad profundísima atrajo hacia sí y al mundo al Verbo que se hizo carne, pudo dejar de manifestar la verdad de su propia grandeza: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”, canta la Virgen en el Magnificat.

Dios la hizo Madre de Dios, y fue por su “Fiat” -con el cuál accedió a la encarnación del Hijo- “que la Santísima Virgen recibió el don de la Inmaculada Concepción”.1 No se sabe aún con certeza si al final de sus días fue separado el cuerpo de su alma, pero sí profesamos los católicos que Dios quiso tenerla por entero en el Reino Celestial, y allá la llevó en cuerpo y alma, señalando el camino que seguirán todos los resucitados para la gloria en el juicio final.

Bajando un tanto el nivel de nuestras consideraciones, podemos decir que la Virgen no tenía problemas de “autoestima”, ella era segura de sí misma y de sus acciones. Es el Apóstol amado quien describe con sencillez y vivacidad los sucesos de los que él mismo fue testigo: Antes incluso de lo previsto para que la Potencia del Redentor comenzase a manifestarse de forma pública, la Virgen hizo el pedido de un milagro que parecía haber sido negado de forma categórica por su Hijo-Dios. “Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: ‘No tienen vino’. Jesús le responde: ‘¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora’.” (Jn 2, 3-4)

Entretanto la Virgen prosigue con su intención y ordena a los servidores “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). “Jesús operó ese milagro, por intercesión de María, para inculcarnos la convicción de que, a pesar de no haber llegado la hora, por una palabra de los labios de la Madre, Él nos atenderá” 2 , dice Mons. João Scognamiglio Clá Dias. Es tal el poder y la grandeza de la Virgen, que hasta el propio Dios “cambia” sus planes a una suave pero firme insistencia suya.

Sin embargo, la grandeza de la Virgen parte de su humildad. Lo dice también la Reina del Cielo en el Magníficat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. (…) Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes…”.

Éste cántico sublime de la humildad y de la grandeza divide en dos la Historia, y marca el camino de los siglos futuros, según señala Mons. Clá en su insigne obra ‘Lo inédito sobre los Evangelios’:

“Riquísimo y de incomparable belleza, como conviene a un cántico nacido de los labios de la Santísima Virgen, [el Magnificat] bien puede ser considerado como un marco en la Historia, dividiéndola en dos fases. Lo que vino antes, el egoísmo; y lo que vino después, la santidad, fruto de la humildad. Con el pecado original el orgullo fue introducido en la humanidad, manchando su trayectoria, hasta el momento en que, sin ninguna sombre de ese vicio, nació María”. 3

Por Saúl Castiblanco

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1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP. O inédito sobre os Evangelhos – VII Solenidades, Festas, Tríduo Pascal. Libreria Editrice Vaticana. 2013. p. 285.

2 Ibídem, p. 225.

3 Ibídem, p. 196.

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