Peregrinación de los Terciarios Colombianos a Sao Paulo a conocer el mundo de los Heraldos

El día 23 de Julio los Terciarios colombianos llegaron a la ciudad de Sao Paulo-Brasil, ciudad inmensa y moderna (considerada la capital industrial de América Latina) en donde nació la obra de los Heraldos del Evangelio. Lo primero que hicieron fue cumplir una promesa y visitar la tumba del Profesor Plinio Correa de Oliveira (1908-1995), quien formó a Mons. Juan Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, y también visitaron la tumba de Doña Lucilia Correa de Oliveira (1876-1968): madre del Dr. Plinio.

Cuando uno entra en el Cementerio de la Consolación, se entra como a un otro mundo: un lugar muy apacible, lleno de tumbas dignas, con imágenes del Sagrado Corazón y de Nuestra Señora. Al llegar a la tumba de ambos, pudimos rezar un rosario, en un ambiente de mucha paz. Mientras el Dr. Plinio fue un batallador en defensa de la Iglesia y de la Civilización Cristiana, D. Lucilia fue una ama de casa, muy devota del Sagrado Corazón de Jesús, y de una inmensa bondad que supo transmitir profundamente a su hijo, y éste la contagió a Monseñor Juan, con quien tuvo un convivio de 40 años; y es así que Monseñor Juan nos transmite ahora ese espíritu sereno, bondadoso y cariñoso a todos los Heraldos.

Le llevamos unos ramos de flores en agradecimiento por su intercesión para el éxito de esta peregrinación, que se dió prácticamente sin ningún contratiempo.

Acto seguido fuimos a visitar la Casa Madre de los Heraldos, cuya casa es un antiguo Monasterio Benedictino. Todo el ambiente es sacral, solemne, dignísimo y monacal. Aquí se forman los Heraldos para adquirir la plenitud de la sagrada esclavitud a Nuestra Señora, en medio de un estricto ceremonial, con cantos gregorianos, rezo del Oficio y mucho silencio.

Y a la salida de estas dos bellas visitas fuimos a un restaurante, conocidos como rodiziode carnes, que es típico de Brasil. Se paga una cantidad -que no es mayor- y se puede comer todo lo que uno desee: varias clases de ensaladas y hasta 8 tipos de carne.

Lo que nos hizo recordar aquel comentario de Santa Teresa de Ávila, mientras cenaba en una posada -en medio de uno de sus viajes- cuando la cocinera la vio comer perdices con mucho afán, cosa que en una monja le llamó la atención. Ante esta sorpresa, de la que se percató Teresa, le dijo “cuando perdiz, perdiz; cuando penitencia, penitencia” y entonces la cocinera supo que la monja había adivinado el juicio que estaba pensando sobre ella y se convenció de que era santa.

Pudimos palpar la largueza, la generosidad que tiene este pueblo donde hay más de 100 millones de católicos.

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