Aprendiendo de la sabiduría de Doña Lucilia…

Ser madre o padre de familia nunca ha sido fácil y se complica aún más
cuando nos dejamos llevar por los consejos del mundo y nos alejamos de
la verdadera fuente divina.

Dice San Pablo: “Padres, no hagan enojar a sus hijos, sino más bien
edúquenlos con la disciplina y la instrucción que quiere el Señor”
(Ef. 6:4).

En la década de los años cuarenta, el Dr. Benjamin McLane Spock un
famoso pediatra y sicólogo fue consejero de millones de padres y autor
del libro “Tu Hijo” (best-seller de todos los tiempos) sostuvo que a cada niño era necesario tratarle con flexibilidad y sin preocupaciones excesivas,
reconociéndole su individualidad llevando a las generaciones a vivir con
excesos de libertad, sin disciplina ni valores, dando por resultado en los
años sesenta la verdadera crisis de la juventud que promulgaba el amor
libre, la música rock, las drogas, las tribus urbanas y la anarquía entre
muchas revueltas juveniles.

Estas ideas del Dr. Spock lo llevaron a ser considerado por Spiro Agnew, Ex Vicepresidente de los Estados Unidos como “el padre de la
permisividad”
, argumentando que “Spock alentó con su sistema de
crianza la anarquía juvenil de los años sesenta”
.

En 1992 al presentar la sexta edición del libro, El Dr. Spock dijo: “He
llegado a la conclusión de que muchos de nuestros problemas son debidos
a la carencia de valores espirituales”
, lo que comprueba una vez más que su método fracasó y que el daño que le hizo a la sociedad se extendió
hasta el punto que hoy podemos seguir viviendo sus consecuencias.

* * * *

Un digno modelo de los años veinte que sigue vigente en nuestros días
para la correcta educación de nuestros hijos es el que utilizó Doña Lucilia, ella logró el perfecto equilibrio entre disciplina y amor, sin importar la época de crisis por la que pasaba la sociedad buscando cambiar la
mentalidad de las personas; situación que supo manejar a la perfección.

Siempre demostró a sus hijos su profundo amor, con la irreductibilidad y
dulzura que la caracterizó, manteniendo la firmeza en la educación de sus
hijos inculcándoles el cumplimiento del deber, sin dejar de ser la “mamá
extremosa”
como la consideraban sus hijos.

Un ejemplo que nos permite apreciar la forma de reprimenda por parte
de Doña Lucilia a sus hijos es cuando le comunicaban de alguna travesura
que habían cometido los niños; ella intransigente en exigir el
cumplimiento del deber, sabía, sin embargo, templar esa noble virtud con
una dulzura de alma que llevaba a sus hijos a aceptar con amor las
obligaciones que les imponía.

Como sufría mucho del hígado y necesitaba bastante reposo pasaba
buena parte del tiempo en su cuarto, en un diván, con las venecianas
entreabiertas, lo que le daba al ambiente un recogimiento muy afín con
su alma.

Era ahí donde el niño la encontraba. Introducido en esa corte de justicia,
al mismo tiempo grave y dulce, se sentía conquistado por la bienquerencia
de Doña Lucilia, disipándosele todas las anteriores turbaciones al
contemplar la fisonomía pensativa de su madre. Doña Lucilia lo
reconvenía, dejando traslucir en la voz una mezcla de tristeza, gravedad
y afecto.

Cuando su hijo se aproximaba temeroso del merecido castigo, del cual,
con certeza, no escaparía era tomado enseguida por el encanto del trato
materno. Frecuentemente le pasaba el brazo alrededor de la cintura, lo
miraba fijamente al fondo de los ojos, incentivando de modo irresistible
al pequeño y querido reo a confesar su culpa, y le preguntaba:

– ¿Has hecho eso?
– Si Señora…lo hice – respondía él, un poco avergonzado.
– ¿No te dije que no deberías hacerlo? – continuaba ella, serenamente,
en un tono de suave censura.
– Si Señora, me lo dijo.
A cada pregunta el niño se iba encogiendo más, afligido por el disgusto
de haber contrariado a una madre tan bondadosa.
– Entonces, ¿Por qué lo hiciste? – insistía ella.
– Tenía ganas… – intentaba explicar, convencido de que no atenuaría su
culpa.
Doña Lucilia enumeraba enseguida los agravantes del delito, dejando,
sin embargo, entrever una salida ingeniosa para el caso:
– Pero no tenías derecho a hacer eso ¿no habría sido mejor haber
buscado a tu madre y decirle: “Mamá, he desobedecido, perdón”? Yo
te daría una bendición y, después de un beso, estaría todo solucionado.

Cuando se daba cuenta de que sus palabras habían vencido cualquier
resistencia, induciendo a su hijo a un proporcionado arrepentimiento,
concluía:
– Está bien ¿me prometes que no le harás más?
El, entonces, respondía, ‘si’, ya enteramente convencido.
Llegaba la hora de la misericordia. Doña Lucilia cambiaba de actitud.
– Está bien, ¿le pides perdón a mamá?

Formulada la petición, ella pasaba de la reprensión severa – nunca
irritada – a un afecto desbordante.

Aprendiendo de la sabiduría de Doña Lucilia y permitiendo alimentarnos
de la fuente divina seremos cada día mejores padres sin olvidar que la
vara de la corrección es el amor. “Quien no corrige a su hijo, no lo quiere;
el que lo ama, lo corrige”
(Prov. 13:24)

Hecho basado en el Libro “Doña Lucilia” – Pág 180
Autor: Mons. Joao Scognamiglio Clá Dias, EP

Pilar Ramirez – Terciaria – Bogotá Colombia

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *