LA FIDELIDAD DE ESPOSA

Se dice que toda buena madre es buena esposa, y la Santísima Virgen nos dejó su fiel ejemplo, el cual Doña Lucilia supo imitar a la perfección.

Doña Lucilia sintió que su religiosidad aumentó más con el matrimonio y siempre se ponía bajo el amparo y protección de la Santísima Virgen para el perfecto cumplimiento de sus deberes de madre y esposa.

Un deber que cumplió durante toda su vida fue el de la “fidelidad” como esposa, porque entendía el compromiso que esto representaba a pesar de las dificultades normales que se presentaron en su relación. Con su paciencia, amor y dedicación logró mantener su unión matrimonial hasta llegar a hacer un pacto para la eternidad con su esposo como podemos apreciarlo en este hecho:

Un día estaban Doña Lucilia y su esposo en el comedor, contemplando las bellezas del atardecer, que en la ciudad de Sao Paulo, se reviste con frecuencia de bonitas tonalidades. Pero ella no se limitaba a apreciar desde el punto de vista natural la cambiante vivacidad de los colores ígneos con los que el sol, en su declive lento y majestuoso, iba pintando los rizos de las nubes, aparentemente diseminados en el cielo por manos invisibles. Su espíritu rápidamente se elevaba a consideraciones de orden sobre natural. Y esta escena le trajo a la mente cuán próximos estaban, ella y su esposo, del ocaso de la vida terrena y de la aurora de la eternidad. Le hizo entonces la siguiente propuesta:

– Jao Paulo, ¿vamos a hacer un pacto?… Ya estamos viejos y no sabemos quién de nosotros se va a quedar solo. Aquel que se quede reza por el otro un Avemaría todas las tardes, delante de la puesta de sol.

El Dr. Joao Paulo consintió. Sería él el gran beneficiado de ese acuerdo, pues en breve terminaría sus días, y ella cumpliría fielmente su promesa hasta el fin de su vida.

Qué ejemplo tan grande nos dejó Doña Lucilia de la palabra fidelidad, deber que cumplió como lo pide Dios: “Esposas, sométanse a sus esposos, para que si alguno de ellos no creen en el mensaje, puedan ser convencidos, sin necesidad de palabras, por el comportamiento de ustedes, al ver ellos su conducta pura y reverente para con Dios” (1P.3, 1-2)

Con verdadero amor reflejando la pureza de su alma, Doña Lucilia rezaba a diario y de memoria esta oración:

Oración de una esposa y madre a la Santísima Virgen

¡Oh María!, Virgen Purísima y sin mancha, casta Esposa de San José, Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y madres, llena de respeto y confianza, a Vos recurro y, con sentimientos de la más profunda veneración, me postro a vuestros pies e imploro vuestro auxilio. Ved, ¡oh Purísima María!, ved mis necesidades y las de mi familia, atended los deseos de mi corazón, pues es al vuestro, tan tierno y bueno, al que los entrego.

Espero, por vuestra intercesión, alcanzar de Jesús la gracia de cumplir como debo las obligaciones de esposa y de madre. Alcanzadme el santo temor de Dios, el amor al trabajo y a las buenas obras, a las cosas santas y a la oración, la dulzura, la paciencia, la sabiduría, en fin todas las virtudes que el Apóstol recomendaba a las
mujeres cristianas y que hacen la felicidad y ornato de las familias.

Enseñadme a honrar a mi marido, como vos honrasteis a San José y como la Iglesia honra a Jesucristo; que él encuentre en mí la esposa por su corazón; que la unión santa que hemos contraído en la tierra persista eternamente en el Cielo. Proteged a mi marido, conducidlo por el camino del bien y de la justicia, porque deseo su felicidad tanto como la mía.

Encomiendo también a vuestro maternal corazón mis pobres hijos. Sed Vos su Madre, inclinad su corazón a la piedad, no permitáis que se aparten del camino de la virtud, hacedlos felices, y que, después de nuestra muerte, se acuerden de su padre y de su madre y rueguen a Dios por ellos, honrando su memoria con sus virtudes.

Tierna Madre, hacedlos piadosos, caritativos y siempre buenos cristianos, para que su vida, llena de buenas obras, sea coronada por una santa muerte. Haced, oh María, que un día nos encontremos reunidos en el Cielo, y allí podamos contemplar vuestra gloria, celebrar vuestros beneficios, gozar de vuestro amor y alabar eternamente a vuestro amado Hijo, Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Hecho basado en el Libro “Doña Lucilia” – Pág 555
Autor: Mons. Joao Scognamiglio Clá Dias, EP

Pilar Ramirez – Terciaria – Bogotá Colombia

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